El lado oscuro de las nubes

Imagina que eres el responsable de asignar un presupuesto que tu país tiene a disposición de las distintas orientaciones religiosas. Es lógico pensar que es necesario saber el número de fieles que cada una presenta. A mayor número de seguidores, le debería corresponder un mayor presupuesto. Entonces surge la necesidad de recabar datos. La mejor forma es hacerlo a través de alguno de los medios que ya se disponen. Pongamos que se te ocurre la idea de hacerlo mediante las encuestas personales que se están llevando a cabo para la realización del censo. <<¿Es usted católico?, ¿Acaso judío? ¿Budista?¿Ateo?…>> Se marca la casilla correspondiente en el formulario y cuando se tratan los resultados ya tenemos una muy fiel representación de las tendencias religiosas. Además como la tendencia religiosa no es un asunto que suele cambiar mucho a lo largo de la vida de una persona, es un dato bastante fiable en el tiempo. Bien, pues gracias a ese dato, ahora se pueden distribuir los fondos equitativamente. Además podemos determinar cuántas iglesias, mezquitas, sinagogas, templos necesitamos en este país, en qué zonas es mejor ceder un terreno a un confesión determinada. Se trata de un gran avance, no hay duda. <<Ay si pudiéramos emplear este método para otros ámbitos>>.

La recopilación de datos personales con fines “éticos” siempre alberga un lado oscuro que no hay que despreciar. Lo referido arriba no es un caso hipotético. En el primer tercio del siglo XX, Holanda tuvo exactamente esa idea. El resultado se materializó en un censo. Nadie pudo imaginar que allá por 1940, cuando Holanda ya estaba ocupada por la Alemania Nazi dichos censos fueron encontrados y sirvieron entre otras cosas para conseguir que solo el 10% de los judíos holandeses sobrevivieran a la Segunda Guerra Mundial.

Sin duda este es un caso muy extremo que no suele ocurrir, pero nos encontramos inmersos en un mundo en el que datos legítimamente recopilados para fines nada oscuros terminan siendo utilizados por terceros para fines que absolutamente nada tienen que ver con el deseo original por el que se recopilaron. Hasta hace unos pocos años, no tantos, los datos personales de los que se podía disponer eran, por una parte limitados: cuentas bancarias, teléfono, dirección, DNI, número de la seguridad social o de afiliación a algún club… Y por otra parte esos datos estaban aislados, no había conexión entre la mayoría de ellos. El estado disponía del grueso de los datos pero incluso en ese caso podía ocurrir que distintas administraciones no compartieran tales datos. Los bancos eran otro depositario importante. La empresa en la que trabajabas… poco más. Para colmo, la explotación de esos datos era ardua y compleja. Ficheros en papel, pocas o ninguna copia de los mismos y pocas posibilidades de cruzar los datos.

Entonces surgen las tecnologías de la información. Los ordenadores permiten, una vez informatizados todos esos datos, cruzar unos con otros. Podemos fijar la etapa de migración de datos del papel a los ficheros informatizados hasta apenas hace unos pocos años, quizá la década de los noventa por poner un límite. Hoy prácticamente cualquier organización sea del ámbito que sea e independientemente de su tamaño, dispone de un fichero con los datos de sus socios, clientes o contactos. Bien, ahora el problema es conectar mi sistema con los demás, llegar a acuerdos que permitan cruzar mis datos con los tuyos de modo que ambos ganemos. Cuidado que aún no estoy hablando de fines maliciosos. Imaginemos grandes avances beneficiosos para el común de los mortales como pueda ser la unificación de mi historial médico, de modo que si me traslado a otro lugar y tengo que ser atendido de urgencia, los médicos puedan consultar mi historial a golpe de click. En esta fase todavía estamos. Los ficheros de la Policía Nacional aún no se han unificado con los de la Guardia Civil, o la justicia, solo por poner un ejemplo.

Hasta esta segunda fase, el control de estos ficheros ingentes de datos ha recaído en los gobiernos. Ellos eran quienes poseían la mayor cantidad de datos y los presupuestos necesarios para mantener los caros sistemas informáticos necesarios para poder explotar adecuadamente los mismos. Imaginemos las agencias de seguridad, CIA, NSA, Mosad, CNI… Todo suena un poco a Orwell y su Big Brother.

Pero ya se ha inaugurado una tercera fase, la de la nube y el Big Data. Evidentemente estas tres fases son meramente arbitrarias y realmente el punto de inflexión fuera más bien la era Facebook o Google. El caso es que hoy por hoy quienes mejor nos conocen probablemente no son los gobiernos sino esos gigantes. Los gobiernos pueden indagar (lícitamente o no) en esas redes pero el acceso al 100% de los datos lo tienen ellos. Pero más allá de los gigantes hay una miríada de pequeños comensales en esta mesa del festín de los datos digitales. Hemos pasado del Big Brother al Little Brother.

Cada cuenta que abrimos en un servicio, cada teléfono que suministramos, cada comentario que hacemos en redes sociales, cada tarjeta de puntos que nos hacemos, añade un dato más a nuestro yo virtual, creando nuestra “Huella Digital”. Todo nuestro mundo fomenta hoy en día esa compartición de información personal y no es casualidad. Cuanto mayor sea nuestra Huella Digital más exacta será la segmentación de los ficheros de datos y mayor precio tendrán en el mercado, luego mayores beneficios.

Y recordemos que no se limita a esos dos gigantes mencionados. Hoy casi todo puede hacerse vía Smartphone. De hecho se nos anima a hacerlo; es una maravilla. Eso quiere decir que si lo que hacemos no está cifrado de inicio a fin, algo que según sea lo que haces no siempre es así, todo pasa por esas compañías que nos prestan el servicio.

El caso Malte Spitz vs Deustche Telekom.

Malte Spitz
Malte Spitz

Pero ¿Hasta dónde llega el conocimiento que tienen de nosotros y nuestra vida? Recomiendo ver la breve conferencia dada por Malte Spitz. ¿Quién es Malte Spitz? Me topé con su nombre en un blog en el que se hablaba de privacidad de datos. Se trata de un político alemán del Partido Verde interesado en medios de comunicación y privacidad. Alrededor del año 2010, Malte decidió solicitar a su compañía telefónica, Deustche Telekom, todos los datos que sobre él poseían. No hubo respuesta, o más bien la hubo del tipo “bla, bla bla”. Volvió a solicitarla otra vez y luego otra, hasta que finalmente interpuso una demanda contra la compañía. Un juez le dio la razón y condenó a Deustche Telekom a enviar un fichero con todos los datos acerca de Malte Spitz. Recibió un archivo con 35.830 líneas de datos, datos en crudo, correspondientes a los últimos 6 meses. Y no es nada ilegal. En 2006 la Comisión Europea aprobó la Directiva de Retención de Datos. Dicha directiva especifica que cada compañía de teléfono, cada proveedor de servicios de internet ha de almacenar un amplio rango de información sobre sus clientes al menos por 6 meses hasta un máximo de dos años. Entre los datos que se recopilan está a quien llamas, a quien envías un mensaje de texto, a quien envías un email y si se trata de un teléfono móvil, donde estás.

 

Una vez procesado el fichero, Malte comprobó que se podía reproducir todos sus movimientos de los últimos 6 meses con una precisión de 5 minutos y unos pocos metros. Es decir pudo saber donde estaba con exactitud en cualquier momento de esos 6 meses, con quien habló, cuánto tiempo y cuál fue su actividad. No cuesta mucho imaginar lo que supondría eso si ahora cruzo esa información con la de otras personas. Se puede saber cuáles son las relaciones personales, profesionales, los movimientos… Ahora unamos la actividad en Facebook, Google, Amazon, Bancos, Twitter, WhatsApp… Cantidades ingentes de información que hasta ahora no era factible analizar, pero que de la mano del Big Data empieza a ser realidad.

la Huella de Malte Spitz
La vida de Malte Spitz durante 6 meses.

¿Debemos entonces dejar de utilizar todos estos servicios, tecnologías, y avances? Bueno, cada cual que decida hacer lo que quiera, pero al menos deberíamos solicitar que todas las comunicaciones fueran cifradas, que se regule el comercio de los datos personales y por supuesto, ser responsables con nuestra Huella Digital.

 

La Huella Digital

¿Hasta qué punto nuestra Huella Digital es importante? Debemos empezar por saber qué es esa huella. Se trata “simplemente” de todo el rastro que queda en la red de nuestra actividad cotidiana y que nos puede llegar a definir con una exactitud asombrosa: comentarios en redes sociales, likes, emails, perfiles en distintos servicios… todo.

Huella digital

La mejor prueba de lo que la Huella Digital puede suponer para nuestra vida real nos lo demostróhace poco tiempo Guillermo Zapata. Esta persona fue fugazmente concejal de cultura del Ayuntamiento de Madrid tras la toma de posesión de Manuela Carmena. Al poco tiempo hubo de dimitir y se encontró con un proceso judicial por difamación a las víctimas del terrorismo debido a unos polémicos Tweets que realizó en 2011. No voy a entrar en si eran o no ofensivos, si podían considerarse humor negro o simplemente comentarios que reflejaban su forma de pensar, si debía o no dimitir; cada cual que opine lo que quiera. El aspecto que quiero recalcar aquí es que fueron publicados casi cinco años antes de su dimisión. Si esos mismos comentarios hubieran sido pronunciados en la mesa de un bar con sus amigos y/o compañeros de trabajo y no en Twiter, (y puede que así fuera), hoy Guillermo Zapata sería Concejal del ayuntamiento.

Lo importante en este caso es que unos comentarios realizados 5 años antes le impidieron acceder a un cargo público. Y es que internet posee como cualidad algo que para la mente humana es una limitación: la memoria. Las personas tenemos un cerebro selectivo, que al cabo del día permite recordar en el mejor de los casos algunos datos significativos. Esos los recordamos por un tiempo, quizás por siempre, aunque pasados por el tamiz de nuestras emociones de modo que los recuerdos se convierten en una suerte de película más o menos difusa y subjetiva de los acontecimientos vividos siempre en primera persona y en función de nuestra personalidad. Así un comentario de un amigo en público será recordado de distinta forma por varias personas que lo escucharon. Pero Internet permite lo que nuestro cerebro es incapaz: acordarnos de todo y en muchos casos de modo textual, o casi.

La memoria de Internet, nos permite recordar cualquier cosa que haya circulado por ella. Si registramos nuestro paso por la vida en Internet, Internet nos los permitirá recordar por siempre. Pero con una salvedad. En muchos casos ya no serán nuestros recuerdos sino los recuerdos comunes de la internet global.

Cuando publicamos en Twiter, en Facebook, en Google + o en cualquier red social, puede que estemos publicando para todo el mundo. No sabemos quién hay al otro lado. En el mejor de los casos, serán nuestros amigos, familiares y allegados quienes podrán acceder a todos nuestros recuerdos que hayamos publicado. En el peor, si no hemos sido cuidadosos con el dónde y el cómo publicarlos, son accesibles por todo el mundo. Con un agravante. Hoy el ciudadano medio conoce más o menos las consecuencias de publicar en Twiter (pongamos por caso); pero hace años, nadie podría haber imaginado los derroteros por los que el futuro iba a circular. Twitter fue lanzado en 2006, es decir, como quien dice anteayer. Pocas personas por entonces sabían a ciencia cierta la importancia que adquiriría años más tarde. Cuando una tecnología como Twitter, Facebook, WhatsApp o Instagram aparece, el 99% de los usuarios somos auténticos analfabetos respecto a ellas. Es imposible que nos demos cuenta del alcance y las implicaciones que pueden tener más adelante.

Guillermo Zapata, como analfabeto digital que era probablemente en 2011, como lo era yo sin duda, publicó aquellos comentarios en Twitter igual que los habría pronunciado en una charla entre amigos delante de la máquina del café. Repito que no quiero entrar en la clase de persona que es o en sus ideas políticas y mucho menos defenderle que ya tiene abogados para eso. Pero seguro que no imaginaba que esos comentarios pudieran volver cinco años después a su vida. ¿Fue aquello un error? Echando la vista atrás desde el 2015, sí. Pero imaginemos que en el 2011 pudiera haber llegado a imaginar la repercusión que tendría Twitter. La respuesta fácil es que podría haber moderado su opinión. Haber expresado sus dudas y reflexiones de un modo más sutil y educado. A primera vista parece correcta esa suposición, pero pensad que eso convertiría internet en un lugar edulcorado, artificialmente moderado: “No voy a decir mi opinión que vete a saber qué pasará mañana”.

Es muy fácil cargar las tintas con Guillermo Zapata, pero pensad que en lugar de eso, yo, una persona cualquiera en un momento de calentón, pongo en Twitter o similar un comentario negativo y ofensivo de, por ejemplo, El Corte Inglés. Y ahora supongamos que 5 años después, por esas vueltas que da la vida me surge la posibilidad de competir por un importante puesto de directivo en El Corte Inglés. Pero resulta que alguien de RRHH hace un poco de rastreo en Internet y… ¡o sorpresa! Mira lo que dijo en 2015. Adiós oportunidad.

Así pues, ¿qué rastro dejamos en internet? ¿Hasta qué punto nos define?¿Cual es el límite del uso de los datos personales?¿Es lícito que se me rastree por defecto por el simple hecho de tener un teléfono móvil?¿Cual es el precio real de la tecnología?¿Hacia dónde nos dirigimos?.

No puedo evitar un escalofrío y al mismo tiempo me pregunto si seré paranoico. Pero realmente esto no es ciencia ficción. Es una realidad.

Así pues, sonríe, el Gran Hermano te vigila y es por tu bien.

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